Proyecto Kosuth

Por Laura Revuelta
El último número de la revista Exit Express (del mes de febrero) lleva como asunto de portada la eterna discusión sobre los artistas y obras que cambiaron la idea de arte (Pero... ¿Es esto arte?). Entre los seleccionados con este honor por un elenco de críticos se encuentra Kosuth y su One and Three Chairs, obra de 1965 compuesta por una silla de madera plegable, fotografía de una silla y un panel de texto con la definición de silla que da el diccionario. Una y tres sillas, como apunta el título, más claro o confuso imposible. Gloria Picazo es quien glosa la virtudes de esta pieza y, por ende, las aportaciones de Kosuth a la revolución artística del siglo XX: «Con su arte como idea como idea, Kosuth quiso sugerirnos que el verdadero proceso creativo consistía en transformar la idea misma de arte y que éste funcione como un sistema de relaciones complejas, que no pueden reducirse exclusivamente al placer visual. Trató en su momento de provocar rupturas subversivas, siendo consciente de que con ello también cuestionaba al espectador, puesto que no le estaba ofreciendo placeres visuales, sino la posibilidad de ofrecer un esfuerzo intelectual para observar la eterna complejidad del arte». Dicho lo cual, podemos referir que el «doble» trabajo que presenta Joseph Kosuth en La Casa Encendida, de Madrid, responde a estas expectativas doblemente.

Aparente belleza. Primero está su intervención en la fachada del edificio (Madrid nunca había sido objeto o centro de unos de sus proyectos; el año pasado vimos un trabajo suyo en el CAAM, de Las Palmas de Gran Canaria). Sobre la misma, podemos descubrir «impresas» distintas frases entresacadas de obras de Borges, Cortázar y Onetti: de novelas como el Aleph, Rayuela y El astillero, respectivamente. Los tres son autores que escriben en castellano pero que no son españoles.

La elección resulta intencionada: «La idea de estar unido lingüística y culturalmente con España, aunque solo sea en parte. A la vez que sintiendo continuamente la diferencia como parte de la textura cultural propia». En la pared de ladrillo reluciente del edificio se aprecian bandas negras en cuya superficie se leen estas frases que por la noche aparecen iluminadas. Más allá de la aparente belleza del conjunto, que, sin duda, la tiene (solo hay que pasearse por la Ronda de Valencia o ver las fotos para comprobarlo); más allá de la lectura lineal de estos textos, a modo de mensajes cortos de un móvil -una suerte de novela celular, ahora que se discute sobre ellas-, Kosuth propone un ejercicio conceptual y deconstructivo de suma inteligencia, aunque ya descubierto, especialmente por uno de los escritores invitados a este happenig conceptual. Al estilo de Cortázar y de su Rayuela, plantea la posibilidad de que los textos se puedan leer de maneras distintas y con interconexiones diferentes. No hay un principio ni un fin definido, ni un orden lógico... usted puede abrir el libro por dónde quiera o seguir las sugerencias del autor. También puede hacer todo esto y tal vez con ello conseguir la lectura completa si es que esta existiera. Cada frase tiene un número, y cada número un color, y, como en un pasatiempo, se pueden buscar con estos datos los cruces entre las frases extractadas. Un nuevo texto o, como en su pieza clásica de la silla, nada es lo que parece. Tan fácil y tan complejo, así ve las cosas Kosuth. Al fin creí entender, dice él y titula su primer montaje en Madrid.

Su trabajo para La Casa Encendida concluye con otro magistral truco o requiebro conceptual. En Located Work, Kosuth invita a cinco jóvenes artistas (incluso jovencísimos) a que jueguen con un intercambio de ideas. Cada uno de ellos ha de pensar una obra y habrá de ser uno de sus «compañeros» quien la realice. Luego tendrá que explicar qué ha querido hacer y qué ha sentido o experimentado o pensado sobre el otro trabajo que le ha tocado en suerte.

Colgados en la fachada. Así, en la sala donde se exponen las cinco piezas, veremos además los textos de todas estas reflexiones sobreimpresionados en la pared y, para cuya lectura, en algunos casos, hay que recorrer de un extremo a otro la pared en un ejercicio también de implicación intelectual y física. Al más puro estilo Kosuth. Los artistas elegidos para este experimento de intercambio de roles y de ideas son Mario Aguirre, Alexander Apóstol, Busto Bocanegra, Sandra Gamarra, Hisae Ikenaga y Ximena Labra. Por supuesto, el resultado son obras realizadas a cuatro manos que alcanzan una desigual sintonía. El amigo invisible que se ha inventado Kosuth, como ejercicio supremo de su teoría del «arte como idea como idea», resulta efectivo y supongo que muy estimulante para estos cinco artistas -unos más conocidos, otros muy nuevos- que han participado en el Proyecto Kosuth. Como apunta uno de los textos «colgados» en la fachada: «Acaso las historias que he referido son una sola historia».

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=9176&num=838&sec=36

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