La vitalidad escondida

Por Maria Peña Lombao
Las sillas nunca dejan de ser útiles: aunque dejen de utilizarse, se sostienen alejadas de su función prevista; convertir lo cotidiano en inédito fue el peregrinaje que iniciaron los artistas povera. Cara a la platea de obras digitales, la posición analógica de Kounellis tiene un cierto sabor melancólico; sus obras parecen ayudarse las unas a las otras para sobrevivir en el día a día de la soledad de un edificio. Las piezas por separado no son nada si no se atiende a la compañía que se hacen entre ellas; los tamaños, los materiales y los colores, se lanzan señales. Es el conjunto de la muestra el que tiende la mano hacia algo que falta, un vacío, un pozo, un abismo.

Sacos negros. Se encuentran bastidores de metal con formato de cama de matrimonio, cubiertos por lienzos tamaño sábana perforados por gruesos clavos retorcidos; instrumentos musicales forjados en hierro; una instalación en la que se acumulan abultados sacos negros sobre viejas mesas, una palangana descolorida en la que reposan unas tenazas que fueron hundidas y enfriadas al contacto del agua, amarillenta por el óxido... Si resaltáramos el valor simbólico de los objetos que forman parte de la exposición, nos arrimaríamos al escondite de una lectura histórica, desde donde perderíamos la posibilidad de la experiencia directa que se nos ofrece. Al salir, llevamos en la retina los colores que el autor utiliza, el rotundo gris oscuro del metal, los abrigos y los lienzos negros colgados como toallas de baño. Fuera, el panorama no es diferente: ropa de invierno, oscuridad y pereza. Sólo tenemos la claridad de un lienzo crudo clavado a la pared y de una mesa blanca entre otras viejas que se acumulan en una esquina, a la entrada. El arte povera acuna los materiales y no su forma; deberíamos admitir que su valor es irresistiblemente actual y que su autenticidad proviene de su desgaste. Los objetos de Kounellis no se pueden comprar, son los menos valiosos y en ocasiones, los que forman parte de las calles por las que casi nadie se aventura; se podría decir de las cosas viejas y de los objetos arruinados que no pasa un día por ellos. La impresión que provocan los materiales nuevos nunca le ha interesado, prefiere el recuerdo a la originalidad, la evocación a la sorpresa. Una silla sin estrenar aún no tiene recorrido; una vieja fue en su día nueva y las etapas superadas de vida le dan otro carisma, el de la presencia del tiempo, que siempre se manifiesta en los ancianos, antes que en los niños.

Las piezas construidas para este espacio conversan de manera solidaria, despreocupadas de todo aquello que sucede a su alrededor, ajenas al contexto del arte contemporáneo con el que Kounellis no se identifica. Da igual cómo se organicen los elementos en el espacio si su huella nos aproxima a lo que está pasando fuera de sus límites, en el espacio cotidiano. Un elogio a la suciedad, a todo aquello que no reluce ni es valioso, que no entiende de modas. Las obras funcionan como un contrapeso al brillo con el que nos abruma la mayor parte de las exposiciones que se inauguran hoy en día: gente arreglada, suelo limpio, cristales y paredes relucientes, algo no acaba de funcionar en todo esto. En la obra más reciente de Kounellis, nada molesta y el clima es cordial, en parte porque uno se encuentra acompañado de la imperfección de las cosas poco brillantes, gastadas y sucias: nos sentimos más cerca de los materiales pobres que de los inalcanzables, percibimos cercano el canto de los objetos arrugados y los perfiles mordidos de los muebles.

En pleno Siglo XIV. Situada en una construcción de finales del siglo XIV, la exposición reúne materiales gastados dentro de los muros de un edificio antiguo; esto es redundante y concordante, al mismo tiempo, la muestra está bien ubicada y no lo está en absoluto. Kounellis se sintió atraído por sus obras en este espacio. Tal vez por ser un escenario que rima con su trayectoria, un lugar en el que sus piezas no resultan extrañas y donde se fortalece y respira la coherencia que, desde finales de los años 60, demuestra su trabajo. Las obras de Kounellis son y no son actuales. Si por actualidad se entiende el estado de las obras de arte hoy en día, su presentación impecable en cualquier recinto, el Kounellis que aparece en Santiago aún defiende el paso del tiempo como fenómeno irrepetible. Proclamando la verdad de los materiales, la vitalidad de los objetos que ya no sirven, la astucia con la que se enlazan unos con otros y la necesidad de contacto inmediato. con ellos.

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=9068&num=836&sec=36

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