Julio Cortázar, poeta

 Julio Cortázar

Julio Cortázar, Ulf Andersen - Getty Images Europe


El autor de Rayuela tuvo como primera vocación la poesía y, aunque con el tiempo su obra en prosa la relegó, nunca dejó de cultivar ese género, como muestran sus obras completas

Por Antonio Requeni



Autor de algunos de los mejores cuentos escritos en la Argentina y de una novela experimental que representó un hito en la narrativa del idioma castellano durante la segunda mitad del siglo pasado, Julio Cortázar frecuentó, además, el género poético a lo largo de su extensa actividad literaria, lo cual suele ser soslayado por la mayoría de sus comentaristas e ignorado por muchos de sus lectores.
 
Se dice que cuando alguien, a los veinte años, escribe versos, eso significa que tiene veinte años, pero cuando los sigue escribiendo a los cuarenta y a los sesenta, eso significa que es poeta. Julio Cortázar experimentó desde muy temprano el sentimiento de la poesía y nunca dejó de cultivarla. Fue poeta no solo en verso, pues en muchos de sus textos, directa o indirectamente, la diosa está presente.
 
Nuestro escritor se hallaba convencido, y lo manifestó más de una vez, de que la poesía y la prosa recíprocamente se potencian.
 
Para ceñirnos a su obra en verso debemos destacar que al cumplir veinticuatro años dio a la imprenta su primer libro de versos titulado Presencia, un conjunto de cuarenta y tres sonetos que firmó con el seudónimo de «Julio Denis». Sonetos de rigurosa factura, redactados algunos de ellos a los veinte años. En posteriores libros misceláneos, como La vuelta al día en ochenta mundos y Último round, encontramos poemas, así como composiciones en verso dispersas en sus demás libros. Pero en 1971 publicó un volumen exclusivamente de poesías, Pameos y meopas; en 1982 aparecieron algunos poemas en idioma italiano, La ragione della collera; y en 1984, Salvo el crepúsculo.
Tras su muerte, ocurrida precisamente en 1984, el entrerriano Saúl Yurkievich, que vivió muchos años en París y fue su amigo, se encargó de recopilar toda su obra en nueve tomos. Una ardua tarea que incluyó la producción poética completa. Alcanzó a concluirla, pero un absurdo accidente automovilístico en una carretera de Francia quebró su vida y no llegó a ver impreso el tomo IV, titulado Julio Cortázar. Poesía y poética, publicado en 2005 por Galaxia Gutenberg-Círcu­lo de Lectores de Barcelona. El libro, de tapas duras y pulquérrima presentación editorial, consta de más de 1400 páginas en papel biblia y comprende no solo los poemas ya publicados, que ocupan más de la mitad del volumen, sino también gran cantidad de inéditos (más de ciento cincuenta), algunos en francés, inglés e italiano, así como textos en prosa, como «Imagen de John Keats», donde Julio fijó el concepto de lo que entendía por poesía. Esta voluminosa recopilación lleva un largo prólogo de Rosalba Campra, profesora argentina residente desde hace muchos años en Roma, así como una esclarecedora nota introductoria del malogrado Saúl Yurkievich.
 
Como dato curioso, anotamos que el libro incluye nueve poemas escritos por Cortázar a los trece años, cuyo tema es su precoz enamoramiento de una muchacha llamada Maruja, y una larga composición que imita «El cuervo», de Edgar Allan Poe, de quien muchos años después traduciría sus cuentos completos. Poe fue un autor por quien, evidentemente, sintió admiración desde la infancia. Aquellos poemas iniciales, copiados en un cuaderno escolar, no están firmados por Julio Cortázar, sino por «J. Florencio Cortázar».
Las circunstancias de haber publicado su primer libro de versos con seudónimo y de titular su otro poemario con dos anagramas de la palabra «poemas» («pameos» y «meopas»), y de que guardó prolijamente muchos versos que se resistió a publicar, parecen indicar cierta reticencia, que Rosalba Cambra analiza en su prólogo. Como si el autor no estuviera seguro de la validez poética de lo que escribía o si la poesía (la POESÍA, con letras mayúsculas) fuera en él una aspiración frustrada o reemplazada por una expresión entre humilde, vergonzosa e irónica. Una reticencia que, de todos modos, contrasta con la insistencia poetizadora que lo acompañó hasta sus últimos momentos. Era como si confiara en la gracia de la poesía para decir su yo más profundo y, a la vez, acusara cierto extrañamiento que lo ponía al margen del milagro poético.
 
En una página autobiográfica, Cortázar recordó cuando en la niñez experimentaba una sensación indecible al aspirar el aroma de la tierra mojada en el jardín de Banfield o cuando leía, maravillado, los poemas reproducidos en las páginas de El tesoro de la juventud.
 
«Nuestro jardín duró lo que la infancia», dijo alguna vez. Esa suerte de nostalgia por un irrecuperable paraíso, así como otra nostalgia, más compleja o conflictiva, por el escenario de su juventud desde la tierra del exilio, son elementos implícitos y explícitos que hallamos en sus poemas más que en su prosa. En este sentido, recordemos que definió algunos de sus textos «prosemas», reconociendo su carácter entre poético y prosaico.
 
Pero centrémonos en sus libros de versos: el primero fue, como queda dicho, Presencia, de 1938, del que después renegaría. Actitud comprensible, pues los sonetos de ese libro, hoy inhallable, exhiben un barroquismo que posteriormente rechazó para abrirse a una expresión más libre y descontracturada. Son sonetos impecables desde el punto de vista técnico; endecasílabos con cierto preciosismo en los que abundan los términos raros, las rimas insólitas. Es propio de los jóvenes creer que escribir bien es escribir en difícil. Oigamos uno de esos sonetos, el titulado «Música»:
 
Ala de estela lúcida, en la albura
libre de los levantes policromos,
salina, dilatada por los lomos
de las olas que exaltan la llanura
letárgica del agua. Luz, criatura
latente de aleluyas, eso somos,
libres bajo las carnes, en asomos
de lírica, de ilímite, de altura.
Lampo en la luna, el reflejar del ala
que levanta consigo epifanías
en salmodia sin líneas y sin lenguas;
límpida de cristal, la voz que exhala
olores de su aliento, en melodías
sin sollozos, sin lazos y sin lenguas.
 
Cortázar se jactaba de poseer tres habilidades: hacer paquetes perfectos, cortar al ras el pasto con la guadaña y componer sonetos retóricamente impecables. Efectivamente, sus sonetos son perfectas piezas de relojería, pero adolecen de artificiosas extravagancias. No resulta extraño que, con el tiempo, el autor abjurara de esa manifestación juvenil.
 
Muchos años después, en 1971, publicó Pameos y meopas, libro en el que parece burlarse de sus primeros ejercicios poéticos, virando hacia el extremo opuesto: la falta de respeto a la preceptiva, la irreverencia y el humor. El escritor que revolucionaría la narrativa intenta cambiar el lirismo tradicional introduciendo en la poesía una actitud ajena a la métrica regular y a la rima consonante, aunque fiel siempre al sentimiento intimista, al anhelo confesional y a su deseo de establecer con el lector una relación más humana que literaria.
 
Pero me aprieta este zapato,
me hace mal, qué suerte. Me aprieta
el mundo, me hace mal, qué suerte.
Me aprieta el sol, la sémola, la radio,
tengo miedo de estallar como una pulga
entre los dedos de la noche.
Oh dichoso de mí que estoy viviendo,
que sufro la delicia de estar vivo
dentro de mis zapatos con lo menos posible
de espacio entre mis ojos y los astros,
entre los astros y mi mano que se tiende
y los estruja como un zumo de alegría.
 
En los poemas posteriores a Presencia, Cortázar no deja de indagar en los repliegues de la lengua, inventa palabras sobre la base del vocabulario coloquial, da vuelta las letras de los tangos. Pero siempre habita en sus versos una insoslayable ternura y, en muchos de ellos, la nostalgia por la ciudad de sus años de adolescencia y juventud.
 
Vos ves la Cruz del Sur,
respirás el verano con olor a duraznos,
y caminás de noche,
mi pequeño fantasma silencioso
por ese Buenos Aires,
por ese siempre mismo Buenos Aires.
 
En los muchos poemas de su último libro, Salvo el crepúscu­lo, y en gran cantidad de versos que quedaron inéditos, resalta ese sentimiento por una Buenos Aires no siempre idílica, a veces conflictiva, pero contemplada desde la distancia europea con intenso cariño.
En la poesía de Julio Cortázar (insistimos: más que en su obra en prosa) encontramos la más íntima y profunda dimensión de su humanidad. Saúl Yurkievich afirma:
 
No dudo de que Julio tenía un víncu­lo esencial con la poesía y que la consideraba la cima de lo literario. Ser poeta fue su primera vocación de escritor. La poesía es la escritura más cuidada y su obra édita comienza y termina con dos poemarios: Presencia, en 1938, y Salvo el crepúsculo, en 1984, volumen que armó y entregó al editor en la víspera de su muerte.
 
Nos atrevemos a afirmar que Julio Cortázar, el autor de tantos lúcidos y hermosos cuentos, y de Rayuela, una emblemática novela, fue esencialmente poeta. Poeta porque vio siempre el lado poético de las cosas, porque supo captar los múltiples rostros y máscaras de la realidad, y porque llevó a un plano de creación original la magia y la sugestión de las palabras.

 

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